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Maternidad de la A a la Z: tinglado (epílogo)

lunes, 2 de junio de 2014

He tenido la oportunidad de compartir algo más de uno año con mujeres maravillosas y con algún hombre que no se queda atrás. La vida me ha traído la suerte de conocer gente excepcional que siento muy cerca a pesar de todos los kilómetros que nos separan, y que quiero que sepan que estoy aquí como ellas lo han estado para mí, con su empatía, aunque a veces desaparezca de los patios de vecinas, pero como todos sabéis muy bien, los días tienen solo 12 horas... ¿O eran 24? :S

Por otra parte el haber formado parte de este Diccionario de la maternidad ha sido un ejercicio de introspección muy grande y necesario (de esta necesidad me he dado cuenta a posteriori, que no soy tan lista), que me ha permitido escarbar dentro de mí y sacar sentimientos que estaban ahí, arrinconaditos y callados. Yo casi ni me había enterado de su presencia, pero aguardaban agazapados. Solo había que darles un empujoncito para que se decidieran a saludar. Por todo esto la palabra que no puede faltar en esta despedida es gracias. En primer lugar a Verónica porque es el alma máter de este tinglado, palabra que tendría que haber aparecido en mi diccionario, por cierto. Y por supuesto a todos los implicados, porque con su entusiasmo me han dado las ganas para ir cada jueves a leerlos a todos (aunque no siempre pudiera comentar) y las alas para seguir buscando un hueco para escribir aunque estuviera hasta arriba de líos.

Y como nunca es tarde si la dicha es buena, esta va a ser la entrada de tinglado: barullo de gentes o cosas. Porque si hay una palabra estupenda para definir la maternidad es la palabra tinglado. ¿O me vais a negar que esto en lo que nos hemos embarcado, la maternidad, no es un tinglado de tres pares de narices? ¡Madre mía, qué lío! ¡Cuántas novedades!

Sin duda alguna, cuando comienza esta etapa, una trata de adaptarse a las nuevas circunstancias a pesar de ser un mar de dudas con marejadilla y esta nueva fase se presenta ante ti como la gran incógnita. Dudas por todas partes, las que te surgen a ti y las que te plantea la gente y sus bienintencionados consejos. ¡Señora, yaaaa! Que yo no le he pedido consejo, hombreeeee... Ya sabemos que muchos consejos vienen muy bien, pero otros muchos son falsos, inexactos y un gran número van llenos de toda la mala baba del mundo. Se quebranta así uno de los principios básicos de la maternidad: respeto absoluto a la nueva madre y a sus actos. No abra usted la boca si no es para ayudar o afianzar. Y en muchas ocasiones es mejor solo un gesto de apoyo que toda la verborrea teórica del mundo.


Pero en medio de todo este lío una ordena su cabeza, abre el cuaderno de bitácora dispuesta a llevar esta nueva etapa con orden y responsabilidad, y se dispone a enfrentarse a lo que le echen por delante: te vas a jalar el mundo, ya está aquí la mejor mami del universo (o por intentarlo que no quede). Una, que es inocente, se cree eso que le dicen en el trabajo y desde el gobierno de que no va a ser tan difícil porque hay conciliación que permite simultanear la vida laboral con una vida familiar plena. Te ornamentan la realidad y te pintan un mundo lleno de facilidades para las madres trabajadoras. Y lo cierto es que al principio quizá una no se entera una demasiado, porque está con la novedad, la ilusión, flipando con esa cosita pequeña que se mueve y bosteza, con esos quesos pequeñitos que se agarran a tus mofletes cuando los pones sobre ellos. Incluso por unos días se te olvidan los miedos que tenías durante el embarazo, pero cuando empiezas a habituarte a tu nueva vida te das cuenta de que ser madre, además de ser maravilloso, es también duro. Muy duro. A veces las cosas te superan y aumenta la presión hasta que terminas explotando en un mar de lágrimas. Pero sacas armas cuando no sabías que las tuvieras. Con un par de ñapas arreglas un pequeño desastre en casa y en cerocoma has volado de nuevo al trabajo gracias a ese maravilloso don de la ubicuidad, para acabar ese trabajo que tanta urgencia corre para mañana. Pero nada de huir, que las mamis hemos resultado ser más fuertes de lo que pensábamos. Y qué leches, todo es relativo, así que se trata de buscar las cosas buenas de cada situación y tirar adelante. Piensas en tu hija, en Sofía. En la cantidad de cosas que le quedan por vivir y de las que quieres y vas a ser testigo. Y te mueres de ganas de compartirlas con ella. Muchas de esas vivencias te provocan nudos en el estómago, buenos y malos; otras nostalgia pensando en cómo lo hubieran disfrutado los que ya no están y a los que tanto echas de menos.

Y toda la nueva experiencia vital que experimentas y que se te presenta por delante, te hace echar también la vista atrás. ¿Cómo he vivido hasta ahora? ¿He valorado las cosas como debía? ¿Cuál ha sido mi comportamiento hasta la fecha? Te pones unos cuantos visto buenos, porque resulta que no lo has hecho tan mal, pero tu nueva visión de madre te ensaña que algunas veces metiste la pata, así que te pones una X en ciertos comportamientos. Pero esto también es sano, como los kiwis, porque de todo tenemos que sacar una lección aprendida.


Y al final, una tarde que tienes relajada (que sí que las hay, hombre), te sientas en el sillón con un café y piensas: ¡qué leches! Esto de la maternidad está genial; tiene su punto, le da wasabi a tu vida. Me llena de amor por todas partes y me hincha como un globo que sube sube y sube... hasta lo más alto, al zénit, porque ser madre es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida. ¿Cuándo repetimos?

Maternidad de la A a la Z: Ñ de ñapa

jueves, 27 de marzo de 2014

Hoy es la última edición de este diccionario de la maternidad promovido por nuestra querida Trimadre. Y he querido cerrarlo con la letra española por excelencia: nuestra Ñ. ¿Y qué palabra he escogido para ello? Pues la palabra ñapa.

Una ñapa es, según la Real Academia de la Lengua española,lo siguiente:

ñapa.
(Del quechua yapa 'ayuda, aumento').
1. f. Am. Mer. y Ant. añadidura.

Pero yo esta palabra la conozco con otra acepción, que es con la que al final la uso. Digamos que una ñapa es más un arreglo chapucero que se hace deprisa y corriendo, para salir del paso.

A mí siempre me ha gustado hacer las cosas a conciencia. Dejarlas a la mitad, o mal hechas, puffff, no iba conmigo. No me importaba el tiempo que hubiera que dedicar para que todo quedara como debe ser. Pero esta claro que cuando pones un hijo en tu vida una de las primeras cosas que ves recortado es el tiempo que tenías para hacer las cosas. Y que no se malinterprete, que no me quejo en absoluto. Yo elegí tener un hijo y es lo que hay. Estoy encantada. Pero dispongo de menos tiempo para otras cosas, en general.

La consecuencia principal de esta falta de tiempo es que las cosas hay que hacerlas ahora prácticas y efectivas, pero rápido. Nada de entretenerse para tenerlo perfecto. Bueno, en realidad he de matizar una cosa: si es algo para mi hija, ahí invierto todo el tiempo del mundo para que quede bien. Pero si es algo para mí es cuando las ñapas hacen su estelar aparición.

Por ejemplo, nunca me ha gustado comer cosas de bote o congeladas. Los congelados los sigo evitando, pero no puedo evitar tener unos botes con judías o guisantes para cuando no puedo cocinar y quiero tomar un poco de verdura. Intento que sean en frasco de cristal y ecológicos, pero no siempre se puede. Así que mi despensa tiene algunas cosas de este tipo para, en el último momento de un día que se ha torcido, hacer una ñapa y poder cenar.

Otra ñapa habitual es en la ropa. Tiendo a hacer bastante agujeros en la parte de la sobaquera de las chaquetas. Debo de ser muy bruta y además la calidad de las prendas deja bastante que desear, así que suelo ir acompañada de una tomatera bajo el brazo. Antes me sentaba en el salón y lo zurcía (¡cómo me gusta esta palabra!) y hacía un apaño tan mono. Ahora es habitual ir con ventilación acompañada en la chaqueta.

O cuando se cae un botón de un pantalón. Pues ahora no me importa apañarlo un día con un imperdible si en ese momento no puedo coser el botón. Antes ¡cómo iba a ir yo con un imperdible ahí puesto! Los imperdibles son un imprescindible en el mundo de las ñapas. Sirven para todo, apuntadlo. ;)

Pero bienvenidas sean las ñapas, porque eso es que estamos disfrutando de un rato con nuestros hijos, que son nuestro mayor tesoro.

Y así nos despedimos de este carnaval en el que nos ha encantado participar, tanto a Mollete como a mí. Hemos conocido gente estupenda, nos hemos reído y hemos profundizado en este mundo de la maternidad. Descansaremos un poco y cogeremos fuerzas para seguir porque ahora ¡¡¡TOCA ELEGIR LAS ENTRADAS QUE CONFORMARÁN EL DICCIONARIO DEFINITIVO entre todos los participantes!!! No os perdáis el resultado final, que seguro que es estupendo. Para saber más sobre todo esto pasaos a ver a Trimadre.


Maternidad de la A a la Z: J de jalar

jueves, 20 de marzo de 2014

Jalar no es comer. Jalar es más tipo devorar. Y si bien hay padres que no han visto en su vida a sus hijos jalar porque son niños de poco comer, hay otros que atacan el plato que da miedo verlos, porque aquello parece la guerra.

La verdad es que al principio Mollete no daba síntomas de ir a jalar como una descosía, es más, no les prestaba demasiada atención a los purés y papillas que le dábamos al comenzar la alimentación complementaria (AC). Pero sin embargo, cuando la cosa se puso interesante y empezó a probar cosas más variadas y con más texturas, y aprendió a manejarse mucho más con la comida, sacó ese monstruo de las galletas que lleva dentro para jalar como una loca. Por supuesto algunas cosas no las devora, por mucha hambre que tenga. Tiene muy claro qué es lo que le gusta y qué no, pero eso nos pasa a todos. Son niños, pero no tontos, y están desarrollando el sentido del gusto.

Creo que casi todos los niños, para empezar, devoran los gusanitos. Para eso sí que les da igual la hora del día que sea. Mollete incluso moja los aspitos en leche y le saben tan ricos. Y oye, yo no voy a decir nada, porque para gustos, los colores...


Me encanta ver cómo devora la fruta que le gusta: cuando coge esos fresones que son casi más grandes que su mano y les hinca el diente. Y se nota que los está disfrutando, tan fresquitos y sabrosos... Las "luisas" que les llama ella, en vez de fresas. Ahí tenemos trabajo hasta que aprenda a decirlo... Y es que yo he sido siempre muy mala comedora de fruta, porque no me gusta el dulce. Ahora he aprendido a apreciarla y la disfruto más, pero de pequeña la huía. Con la verdura no tenía problemas, porque me encanta. Y parece que por ahora a Mollete también le gusta: ¡cómo devora acelgas la tía! Y judías verdes. El brócoli no le entusiasma... tenemos que empezar a hacerle ver que son árboles o alguna de esas cosas. Y si no le gusta, pues nada. ¡Será que no hay verduras en el mundo!

Parece que ahora se está empezando a llevar el baby led weaning (BLW), o en la lengua de Cervantes, alimentación complementaria a demanda, que a mí me dan mucho por saco los palabros extranjurios evitables. La traducción más literal es destete dirigido por el niño, tal y como indica Una maternidad diferente, refiriéndose con destete no al abandono del pecho, sino a la incorporación de la AC. Bueno, lo importante es tener claro el concepto. Digamos que los niños son capaces de saber las necesidades alimenticias de su cuerpo, adecuando la cantidad y calidad. La idea es poner a su alcance una variedad de alimentos para que sean ellos los que elijan qué llevarse a la boca. 

No conocía esta metodología cuando Mollete comenzó con la AC pero creo que quizá le hubiera funcionado satisfactoriamente. Y es muy probable que si al final quiere venir un hermanito, lo probemos con él. El caso es que viendo cómo come esta enana, creo que a ella le hubiera venido muy bien y lo hubiera disfrutado mucho. Aunque hablo sin saber, porque con más de 1 enano quizá lo que impere sea la ley del más fuerte, como comentaba Trimadre, y la alimentación no se guíe por el BLW, sino por el "dame esa galleta que la quiero yo". A ver si dentro de poco os lo puedo contar.

Y qué, ¿jalan mucho vuestros enanos o no?

Maternidad de la A a la Z: I de incógnita

miércoles, 5 de marzo de 2014


Pues la incógnita que tengo es saber cómo será mi hija, no solo de mayor, sino en los próximos años que vienen. Todo el mundo me dice que se parece mucho a mí, y si bien el que se parezca físicamente no quiere decir que se vaya a parecer en la personalidad, tengo ese comecome de curiosidad y cotilleo por ver si le irán surgiendo los mismos problemas que me surgieron a mí. Desde luego considero que esos problemas, dudas, incomprensiones que fui teniendo son normales en un niño y supongo que por eso temo espero que le surjan a ella. Cuando en realidad son cosas que me pasaron a mí por mis circunstancias y por las vivencias y experiencias que tuve, de modo que no son necesariamente reproducibles.

Por ejemplo, yo he tenido lo que yo llamo dislexia de objetos. Servidora no distinguía de pequeña una rosa de un clavel. Me costó saber cuál era cuál. Ni un tornillo de un clavo. Ni aceite de vinagre. Ni un cocodrilo de un tiburón. Ni un tigre de un león. Que sí, que será fácil, pero oye, yo me hacía un lío de aúpa.

Luego tuve otra de ese tipo pero a la hora de teclear en el ordenador, así que me surgió ya en la veintena. ¡La de veces que confundí A con 4! Y todavía me pasa, no se vayan ustedes a creer. Espero que ningún psicólogo lea esto, porque seguro que saca alguna conclusión que miedo me daría oírla.

Otra cosa que me pasaba, me pasa aún y me pasará, es esa manía de mirar dentro antes de subirme al ascensor ¡por si me encuentro un muerto! Yo no sé si eso vendrá de mi padre, que me confesó, porque yo no lo sabía, que él hace lo mismo. Sí, lo sé. Somos una familia de desequilibrados. Pero oye, estamos muy felices. El caso, que viendo que esto pasa de padres a hijos, tengo la duda de si Mollete me vendrá con la misma historia. Por supuesto no le diré nunca que lo hago, por no influirla y ¡¡porque va a pensar que estoy loca!!, jajaja.


Cuando tenía unos 7 años ya había calado en mí ese mensaje de que los viernes por la tarde son días de fiesta, especiales. Y así quería sentirlo yo, de modo que ¿a qué me dedicaba? Pues a hacerme los peinados más extraños posibles, haciendo mil coletas y trenzas, montadas unas en otras. Como veis, me gustaba vivir al límite.  ;)  Al ir a acostarme me dolían las raíces del pelo un montón, ¿no habéis sentido nunca ese dolor? Pues ese era mi concepto de viernes loco cuando tenía 7 años.

Por otro lado, nunca fui marisabidilla, pero me comentan que a veces soltaba frases demoledoras siendo ya una mico. Cuando empecé a ir al colegio alguien me preguntó que qué estudiaba yo en el cole, a lo que respondí muy seria: Yo no estudio, aprendo.

Otra grande fue el día en que me enteré de que mi abuelo paterno era del Barça. Para mí eso fue tremendo porque él era de Madrid y siempre había creído que había que animar al equipo de tu ciudad y porque, para más inri, el Barcelona es el eterno rival del Real Madrid. Bien, pues cuando me enteré, me acerqué a él y le dije:

- ¿Abuelo, tú de qué equipo eres? 
- Del Barcelona, hija.

A lo que yo respondí:

-Venga, abuelo. Te lo estoy preguntando en serio.


Y por último, otra cosa que me tiene intrigada es la clasificación que hará de los colores, números, letras, etc. Alguna vez lo he hablado con amigos y al final todos tenemos algún esquema mental de ese tipo. Por ejemplo, a mí no me gustan nada los números pares, me estresan. Pero los impares me dan una calma muy gratificante. Con las vocales encuentro similitud y las vocales a, e y o irían situadas en el mismo lado de los número pares, mientras que la i y la u serían benditas vocales tranquilizadoras. Y, por supuesto, esto está ligado con los colores. Los colores cálidos también me disgustan, de modo que para mí los número pares, la a, la e y la o tienen colores naranjas, rojos y amarillo. Bueno, el amarillo claro es una excepción, porque me recuerda a la luz del Sol, que la adoro y me recarga las pilas y el corazón cuando lo necesito. En cambio los número impares, la i y la u tienen colores fríos, como el verde, y sobre todo azul y morado. Y por supuesto los días de la semana también entran en este empaquetamiento tan especial: lunes, miércoles y viernes son colores cálidos. Bueno, el viernes al final del día empieza a tornarse azul, para qué negarlo. Y el martes y el jueves están situados en el paquete de los números impares. El sábado y el domingo son una excepción sin clasificar, como le pasaba al color amarillo claro, pero el domingo por la tarde empieza a ponerse rojo-anaranjado, el jodío. Seguro que vosotros también tenéis alguna clasificación de este tipo. Que no os avergüence, sacadlo fuera. ¡Hagamos una asociación de Tarados Anónimos! :D

Supongo que todos tenemos anécdotas como estas de cuando éramos pequeñajos. Y nos morimos de ganas de ver por dónde saldrán nuestros enanos, porque seguro que no harán lo que esperamos que hagan y no dejarán nunca de sorprendernos.

Maternidad de la A a la Z: O de ornamentar

jueves, 20 de febrero de 2014

A la sociedad le gusta, de manera general, decorar. Le gustar ORNAMENTAR a los niños y sobre todo a los bebés. Los adornamos cual árboles de navidad. Seguro que todos hemos visto niños que hemos pensado: ¡pero pobre criatura! ¿A dónde la llevarán así? Y yo soy la primera pasada de rosca, no adornando a los niños, que no me va mucho, pero quizá poniéndole ropa muchas veces que por no pecar de cursi y recargada peca de todo lo contrario y la pobre parece de las fuerzas armadas...

Maternidad de la A a la Z: B de bitácora (cuaderno de)

jueves, 13 de febrero de 2014

No sé cuánto va a dar esto de sí. Me siento a escribir con solo el título pensado. Mal vamos. Y es que buscando alguna palabra con la letra B me vino a la mente el cuadernito que escribía cuando nació Mollete sobre las tomas y las deposiciones.

La maternidad de la A a la Z: U de ubicuidad.

jueves, 6 de febrero de 2014


Venga, va. No me mintáis. En el fondo os gusta esa sensación de estar en todas partes, de ser supermadres. Mola. Es guay. Farda mucho. :D

Es de esas capacidades con las que parece que no nacemos. O mejor dicho, de las que no somos conscientes hasta que somos madres. De pronto un día se despierta dentro de ti. Hasta entonces parecía imposible salir del trabajo y estar a tiempo en la guarde. Pero has llegado on time. A veces parece que vas a casa tarde para duchar a la enana y darle de cenar, pero aún así te da tiempo a pasar por la tienda a comprar yogures y a pasar un rato agradable con ella antes del baño. En realidad es como estar en varios sitios a la vez porque si no, no se explica que te haya dado tiempo a hacer tantas cosas.

La maternidad de la A a la Z: D de duda.

jueves, 23 de enero de 2014

Llegó el día. Muchos ya conocéis mis desventuras con los viajes a El Hierro; mi relación de amor-odio con esta afortunada isla. Cuando comenzó el proceso volcánico, allá por julio de 2011 –unos 3 meses antes de la erupción de octubre-, yo ya estaba embarazada, con lo que no pude viajar a El Hierro: había mucho trabajo de campo y mucho estrés y mi jefa consideró que era más prudente que me quedara en Madrid para no llevarnos ningún susto. Y a pesar de la ilusión que me hacía vivir el proceso en primera persona desde la isla, agradecí este gesto, que en el fondo consideré también como lo más adecuado.

La maternidad de la A a la Z: G de Gracias

jueves, 5 de diciembre de 2013

Querido papá:

no hablamos mucho. Quizá desde que murió mamá hablamos más. Los dos hemos conseguido abrirnos algo. Puede ser porque nos hayamos dado cuenta de que solo nos tenemos el uno al otro y nos queremos. A los dos nos cuesta mucho expresar lo que sentimos y me da mucha rabia, porque me encantaría sentarme a decirte un millón de cosas bonitas, de lo orgullosa que estoy de ser tu hija, y otras tantas veces yo necesitaría un achuchón y un "no va a pasar nada".

Yo solo sé que te quiero con locura, con todo el alma. Y que el día que me faltes mi corazón recibirá otra puñalada más. Y ya se va a quedar muy maltrecho, aunque tendrá que recomponerse porque está Sofía.

¿Sabes? Recuerdo muchas cosas de cuando era pequeña, de los ratos que pasábamos juntos. Yo sé que tienes una espinita clavada de que trabajaste mucho y nos dedicaste poco tiempo. Yo te quiero decir que no lo siento así y te quiero dar las gracias por ese sacrificio y decirte que aunque no te lo creas tengo muchos momentos felices contigo que me sacan una sonrisa, y que nunca nunca me sentí descuidada.

Me encanta recordar los viajes en metro al Museo del Ferrocarril, cómo iba mirando fíjamente por la ventanilla el túnel negro para que no se me pasara la estación fantasma. Vamos, que para mí se ha llamado así hasta hace unos pocos años, nada de estación de Chamberí. Y cuando monte en el metro con Sofía seguirá siendo la estación fantasma.


¿Y qué me dices de los panqueques con miel? Las tardes que nos metíamos en la cocina para hacerlos eran un fiesta. A mí me parecían una obra de arte, que mi papi hacía una cocina de lo más original. Y aunque al principio no me gustaba la miel, poco a poco me fueron entusiasmando. ¿Por qué no los hacemos de nuevo algún día, papá?

Uno de los momentos más felices del año era cuando llegaba el puente de diciembre y poníamos el belén. Necesitábamos varios días por delante porque hacíamos las montañas de escayola y había que dejar que secara. Yo lo llevaba un poco mal los primeros años, porque lo que me gustaba era colocar los muñequitos y las casas, pero a medida que crecía disfrutaba mucho más de la parte primera: del corcho blanco, el tinte y la escayola. De colocar el musgo estratégicamente, hacer cuevas y echar el serrín. Construir casas propias y crear un pueblo "con profundidad"... han sido momentos magníficos.

De vez en cuando hacíamos velas, ¿recuerdas? Hubo una época en que parecíamos una fábrica. Menos mal que a mamá le gustaban mucho, porque si no habría tirado por la ventana toda nuestra producción.

Y lo mayor que me sentí el día que me trajiste tu mecano y me enseñaste a usarlo, porque pensaba que eso era de niños mayores. ¡Qué subidón de autoestima! Aún tengo colgado en el techo de mi cuarto el avión que hicimos juntos. Como el de El principito, ¿verdad? Esa es otra, recordaré siempre las láminas preciosas con frases del libro, que pusiste en las paredes de mi cuarto. Aunque aún era pequeña para comprenderlo de verdad me encantaban los dibujos. Y fui familiarizándome con los protagonistas de tu historia preferida, esa de la que coleccionas prácticamente todo.

Y a pesar de que no lo recuerde sé que cuando era muy pequeña mamá se tuvo que ir 3 meses a Alemania y que tú me cuidaste mucho. Ahora sé que no te dejaba dormir la siesta porque te abría los ojos, así que no puedo quejarme cuando Sofía no me la deja dormir a mí.


Cada cosa que he aprendido y he experimentado contigo voy a querer hacerla con ella porque forma parte de lo que creo que todo padre debe hacer con sus hijos. Y ojalá sea la mitad de buena como madre como tú lo has sido como padre. Que sepa inculcarle valores y conocimientos. Que deje huella en ella como la que tú estás dejando en mí cada día. Que muchas veces te doy mucho la lata para que te cuides, pero es por puro egoísmo, porque me gusta verte bien y quiero poder disfrutar de muchísimos momentos contigo.

En definitiva, papi, que muchísimas gracias por cada momento. Que te quiero muchísimo, para siempre.


La maternidad de la A a la Z: H de huir

jueves, 28 de noviembre de 2013


Hay que ser fiel a los principios. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, porque crecemos como personas, maduramos y conocemos cosas nuevas. Pero eso no es lo mismo que cambiarse la chaqueta cuando vemos algo que no nos conviene o no es como esperábamos. Es una de las ideas que defiendo en mi vida y que quiero inculcarles a mis hijos: que hay que ser fiel a uno mismo y a sus pensamientos, defenderlos con uñas y dientes y saber hacerles frente a ellos y a sus consecuencias cuando llega el momento.

Fue difícil enfrentarse al aborto. No quiero seguir dándole vueltas al asunto porque os vais a hartar, pero quiero pararme a reflexionar sobre la riada de pensamientos y sentimientos que se desencadenaron esos días y que tuve que colocar para seguir adelante con mi vida. Y es que en ese momento quise huir de lo que yo siempre había pensado y defendido. Huir para seguir caminando por mi vida sufriendo lo menos posible.

Ya he comentado muchas veces que aunque sólo tuviera 2 meses de gestación, para mí Garbancito ya era mi hijo. Le quería y hacía planes con él. Le imaginaba en mis brazos el día de su nacimiento, me fijaba en su color de piel y en sus movimientos torpones de recién nacido. Oía su llanto, me gustaban sus ojitos cerrados y sentía su calor en mi cuerpo. Pero de pronto, cuando me dijeron que su corazón no latía, tuve que buscarme las herramientas para enfrentarme a su pérdida. Y ¿sabéis qué? Que por un momento mi mente quería escudarse en que sólo era un feto, no una persona. No quiero juzgar en absoluto a los que piensan así, no se trata de eso. Sólo quiero pararme a entender qué le pasó a mi cabeza para querer huir del pensamiento que siempre había defendido y que es que para mí, desde el momento de la concepción, estamos hablando de una persona. Se lo dije a mi marido al salir del hospital; que estaba confundida porque no sabía cómo me debía sentir respecto al bebé. Qué sentir por él. Creo que estaba buscando inconscientemente huir del dolor negando la realidad y lo que para mí hasta ese momento era un hecho indiscutible. Pero no es excusa y me avergüenzo de haber pensado así. Y le pido perdón a mi niño.

Y me costó. Tenía miedo. Tuve que pelear conmigo misma para hacerme entender que siempre he sido fiel a mis ideales. Que siempre he defendido apechugar con sus consecuencias, fueran las que fueran, y que no podía comportarme así sólo por no querer pasar un mal rato. Al final con el tiempo y más serena en casa, mi cabeza se centró de nuevo, y volví a ser yo misma y no la mujer asustada que no quería enfrentarse a la pérdida de un bebé tan querido. Reasumí mis ideas, las acepté y lidié con las consecuencias que acarreaban en un momento como ese. Y creo que ha sido la mejor decisión que he podido tomar, no sólo por ser coherente conmigo misma, algo que creo que es fundamental, sino porque me ha ayudado a superar este bache. Claro que llorado y he sufrido. Mucho. Pero lo he superado yendo por el camino que es fiel a mí misma y respetando a Garbancito. He ido por el único camino que en el futuro me va a dar la paz y la serenidad de haber hecho las cosas correctamente.

La maternidad de la A a la Z: M de miedo.

jueves, 7 de noviembre de 2013


El miedo aparece de pronto un día en tu vida. Cuando eres pequeña y joven, todo es tan fácil... te sale cualquier cosa que intentes, no hay problemas, la vida es bella... vives sin preocuparte, no hay grandes dificultades en tu día a día y de pronto una mañana te llega el guantazo que te despierta de ese sueño en el que estabas viviendo (Segismundo, ven a mí).

Tu madre enferma y te vuelves loca. ¡Esto no puede estar pasando! ¿Por qué nos ha tenido que tocar a nosotros? La vida es un asco y no merece la pena... te enfadas con el mundo, te vuelves llorona, hipocondríaca y miedosa... en todo ves una potencial amenaza y cada cosa negativa que te imaginas va y se cumple. Parece que no levantas cabeza. Al final tu madre fallece, y después del berrinche, tristeza, rabia, enfado monumental, entras es un período de catarsis, con muchas etapas, todas ellas necesarias. Subes, y caes. Te levantas de nuevo y vuelve el bajón. Es una montaña rusa de emociones y pensamientos. Sigues queriendo acabar con el mundo y tratas de buscar la demostración directa de que tu madre sigue viva en algún sitio. Pero no, nuestras cabezas son limitadas y eso se nos escapa completamente. Te frustra y te vuelves a enfadar...

Terminado el proceso de depuración y reequilibrado vuelves a parecer una persona cabal, aunque has perdido la inocencia. Quizá la palabra no sea inocencia, sino que te has dado cuenta de qué va la vida, de que esto es un juego y hay casillas buenas y casillas malas que pueden tocar y que hay que saber aceptar como buen jugador, aunque pelees con uñas y dientes por no caer en ellas. De oca en oca... Parece que a partir de ahora vas a saber enfrentarte a la vida.

Pero el miedo y la desconfianza se han quedado conmigo, y aunque los tengo más domados, de vez en cuando el miedo encuentra un espacio para lucirse un rato. Y siendo madre, con mucho más motivo. Muchas veces lo aplaco rápido, de golpe: Almu, venga. No seas tonta. Eso no va a pasar. Y ahí se termina el asunto. Pero otras muchas viene para quedarse conmigo.

En mi embarazo sufrí polihydramnios, que es una acumulación de líquido amniótico mayor de lo normal. Puede estar relacionado con problemas fetales aunque en la mayoría de los casos no es así. ¿Pero creeis que esto me tranquilizó? Pues no, porque el pensar que a mi bebé podía pasarle algo me traía por la calle de la amargura. La verdad es que una vez que Mollete vino al mundo me he comportado cabalmente y no me he asustado por nada de lo que le ha pasado. De hecho a veces pienso que vaya mala madre soy (por eso me uní al club de las #malasmadres) porque actúo de la manera totalmente opuesta.

Incluso con enfermedades de mi padre (y graves, las cosas como son) he sido capaz de mantener mi mente a raya, y hay que ver lo bien que me ha ido. Desde luego sé darme cuenta de la gran diferencia que hay entre comportarse de una manera miedica o de una manera racional, de la calidad de vida que ganas. Por eso sigo sin entender qué diantres le pasa a mi cabeza para dejar colarse al miedo de nuevo en mi vida.


Y es lo que me ha pasado estas semanas pasadas: una ecografía transvaginal temprana (fruto de una revisión ginecológica anual) anunciaba que o bien estaba embarazada de menos de lo que pensaba o bien el saco estaba vacío y el embrión no se estaba desarrollando. Este es el ambiente ideal en el que mi miedo se hace fuerte y ve el caldo de cultivo perfecto para crecer e invadirme. Por supuesto que mi cabeza veía muy lógico que el saco estuviera vacío porque tenía muy claras las fechas y no creo que los espermatozoides, por muy machotes que sean, puedan vivir tanto tiempo por mi cuerpo a la espera de cazar un óvulo desprevenido. Habrá casos, pero está claro que no es el mío. ¿Por qué? Pues porque no me da la gana de que sea así. Mi mente está dispuesta a que todo salga de la peor manera posible.

Veo que los miedos me invaden más cuando el tema concierne a mi hija o mis futuros hijos. Supongo que esto lo da el gen de madre, ese que te aparece cuando nace tu primer retoño y que se queda contigo ya de por vida. Aunque sé que el ser madre no es una excusa para volverte una tarada mental y paranoica...

Pero estás aquí a lo tuyo, flagelándote y creándote tus horrorosos problemas, hinflándolos como un balón de playa, cuando viene un compañero tuyo y te dice que a su mujer de 36 años le quitan el tiroides dentro de un par de semanas por un tumor. Y te acuerdas de tu cuñado, que en diciembre pasado, con 31 años, le diagnosticaron un linfoma no Hodgkin. Esos son problemas. Y me darían mucho mucho miedo si me tocaran a mí. Lo sé. Pero lo mío no es para tanto. Si el bebé no ha crecido es una pena, pero lo volveremos a intentar, y ya llegará. Esta tarde tengo una nueva eco, y no sé qué es lo que dirá. Pero creo que después de esto he vuelto a dominar mi miedo y lo he puesto en su sitio: a cada cosa hay que darle la importancia que se merece. Y no preocuparse de las cosas, sino ocuparse. ¡Ay, si esta actitud la hubiera tomado hace un par de semanas! Y si este desahogo lo hubiera escrito antes...

Editado: garbancito está aquí, ha decidido venir y esperemos que sea para quedarse. Vamos a cuidarlo mucho para que así sea   :)

Y una petición: no lo comentéis en Facebook, por favor. Por el momento se podrá enterar el que se pase por el blog. El resto... aaaaaah   ;)

La maternidad de la A a la Z: P de presión

jueves, 24 de octubre de 2013

Esta misma mañana (por ayer) comentaba que no tenía ánimo para escribir una nueva entrada, quizá por no haber comenzado la semana con muy buen pie. Tampoco me llegaba la inspiración como otras veces, así que estaba abocada al fracaso: sin entrada para el diccionario, a parte de que hace mucho que no escribo de manera libre. Hay algo que me tiene bloqueada.

Pero esta tarde de pronto ¡ZAS!, me vino la inspiración: presión. Tampoco es que porque me haya venido la palabra esté yo muy creativa. Es una breve reflexión, pero aquí la dejo.

¿De qué presión hablamos? ¿Por qué me vino de pronto? Esta semana mis horarios han sido un caos porque he tenido 3 médicos de mi padre y otro mío, y he tenido que estar haciendo encaje de bolillos para cumplir mis horas semanales en el trabajo. Gracias a Dios tengo mucha flexibilidad en ese aspecto y puedo hacer cada día como me convenga cumpliendo sólo un par de condiciones. Pero no tengo muchas posibilidades de dejar a Mollete al cargo de otras personas, así que cuando todos los planes se agotan toca llevarse a Mollete al trabajo, a buscar terremotos por el mundo. Al principio esta idea no me seducía en absoluto porque tenía que concentrarme con una niña terremoto (nunca mejor dicho) dando vueltas a mi alrededor, cogiéndolo todo y pidiendo brazos, justo el día en que tenía que resolver una cosa importante en la que llevaba anclada bastante tiempo. ¡Menuda presión pensar que tenía que sacar adelante mi trabajo a la vez que echar un ojo a la peque! Llevaba toda la mañana atascada en el mismo paso, sin encontrar la salida, y mira tú que es cuando la peque altera mi tranquilidad laboral cuando veo la luz y resuelvo de un plumazo un par de cosillas que tenía pendientes. ¡Bendita presión! A partir de ahora me la voy a traer al trabajo todos los días ;)


A raíz de eso me he dado cuenta de que yo funciono mejor así. Me pasó también el lunes: sola en casa con la niña durante 3 horas. Ella tenía que jugar (y siempre lo quiere hacer conmigo, por ahora aguanta sola muy poco aún), tenía que hacer la cena, mi comida para los dos días siguientes, ducharla y darle de cenar. ¿Pero cómo me va a dar tiempo a todo esto con Mollete pidiendo su ratito? ¡Es imposible! Pero es que tengo que hacer esas comidas y la niña tiene que jugar, no le voy a negar su tiempo conmigo. ¡Qué presión! Pues de nuevo, todo un éxito. Me dio tiempo a todo, de sobra, y la comida hasta quedó rica y todo.

Así que, desde que soy madre, funciono estupendamente bajo presión. Antes más bien me colapsaba, lo veía todo imposible y comenzaba un dolor tan intenso de cabeza que me llevaba a pensar que mi existencia no tenía sentido (sí, así de trágica me quedaba al final de todo). Eso terminaba conmigo metida en la cama si tenía la oportunidad y con el cerebro fundido. ¡Pero he mutado! Lo que no se es si será algo pasajero o perenne... Verde todavía no me he vuelto, ¿no?

La maternidad de la A a la Z: Q de quesos.

jueves, 10 de octubre de 2013


En realidad de lo que yo quiero hablar es de los pies mi niña. Pero dado que la Q se me resiste y culebrea entre las teclas del ordenador para que no la coja, he decidido tenderle esta trampa para acabar con ella.

Y es que en realidad, con 19 meses y pico, los pies de Mollete ya han empezado a ser quesos en toda regla, casi como los de los mayores. Ya no tienen aquel tamaño pequeñito, casi de Nenuco, que cabía en tu mano. Podías cerrar tus dedos entorno a ellos y aún así seguía quedando hueco. Esos pies eran para mí signo de la fragilidad del recién nacido. Algo que en el futuro va a ser fuerte, que le va a sostener en la vida y le va a permitir correr y cambiar de rumbo cuando así lo desee. Pero que al principio son un mero adorno que les cuelgan al final de las piernas. Que están fríos muchas veces, pero que otras tantas tienen ya una pátina de sudorcillo que hacen que se te escapen de las manos. 

Unos piececillos que cuando los apoyas en tus mejillas se cierran por reflejo y te pellizca levemente, como si fuera un monillo. Pies con dedos en miniatura, que parece que se los hayan pegado uno a uno en el pie: podrían ser obra del mejor escultor del mundo, tallados con detalle y colocados cuidadosamente en el sitio preciso. Pero no están quietos: aunque no saben usar los pies aún, los dedos se mueven, para arriba y para abajo; se cruzan y se estiran. Son pies que piden a gritos que les beses y les pegues mordisquitos, aunque los pies de adultos te provoquen rechazo.


Y luego esos piececillos empiezan a convertirse en quesos, en pinreles. Ya sostienen firmemente esas piernas regordetas. ¡Incluso hay días que empiezan a tener aroma propio! Te funquelan los tachines, que decía mi abuelo ( Inciso; ¿sois conscientes de la de préstamos que el caló ha dado al español?: pirarse, fetén, chola, molar, camelar... A mí es que estas cosas me apasionan, jajaja.). Les ves grandes, como peanas, y fuertes, pero los muy pillos siguen pidiéndote besos a todas horas. A ella le gusta que juegues con ellos y tú estás deseando hincarles el diente.

Esos pinreles ya sostienen a la persona, que ha empezado a desarrollarse como tal, que empieza a caminar por la vida con su propio genio, personalidad y humor. Con una manera de ser tan propia que a veces me desconcierta. Sus pies la van a llevar por la vida y espero que lo hagan de manera sabia y firme. Que en el camino que tienen que recorrer aprenda a decidir siempre por ella misma, siendo capaz de valorar lo que tiene frente a sí, crítica con lo que se le presenta. Y que ante todo sea buena, que respete siempre a los demás.


La maternidad de la A a la Z: V de visto bueno.

jueves, 26 de septiembre de 2013


Y aquí está la lista de las cosas buenas que he ido recopilando desde que supe que estaba embarazada, para contrarrestar la lista de las cruces. Si no sabes de qué estoy hablando, lee esto antes de seguir.

Dar una V es dar un ¡hurra!, un ¡me encanta! y a la vez un gracias.

- V a mi chico, porque aunque ya sabía que sería buen padre me ha sorprendido con recursos que a mí no se me han ocurrido y que no pensaba que podrían ocurrírsele a él. Y por cuidarme tan bien como lo hizo durante todo el embarazo y por cómo sigue haciéndolo a día de hoy (¡espero que le dure! Qué cara que tengo...)

- Otra V para mi padre. Con él me pasa lo mismo que con Papá Mollete: sabía la ilusión que le hacía tener esta nieta, pero jamás imaginé el brillo que le aparece en los ojos cuando habla de ella y lo feliz que se pone cuando están juntos.

- Mi ginecólogo se merece otra V. Fue muy buen médico y buena persona. Supo no darle más importancia de la necesaria a mi polihidramnios (exceso de líquido amniótico que puede deberse a algún problema fetal, pero no necesariamente. En la mayoría de los casos no se encuentra explicación. Quizá algún día le dedique una entrada para que más mamás sepan de qué va, porque yo no encontré demasiadas referencias). Siempre tiendo a buscarle 5 pies al gato, a sacar lo malo de cada situación y no voy a negar que hubo días en que estaba convencida de que mi bebé venía con algún problema, pero su calma ante la situación me transmitió la suficiente confianza como para entender que lo lógico es que no fuera así.

- Quiero darle otra V a todos mis amigos, que no han desaparecido en el embarazo y maternidad (todos conocemos varios casos en que los supuestos amigos desaparecen cuando te conviertes en padre). Sobre todo a los de grupos en los que Mollete ha sido el primer bebé y en los que, de algún modo, desentonábamos. Han disfrutado con la situación y aunque el tipo de planes ha cambiado (por ahora), sabemos sacar el modo de seguir pasando ratos juntos y disfrutarlos. Supongo que también he tenido suerte de algún modo y la gente que no hubiera sabido sobrellevar esta novedad se cayó de mi equipaje unos años antes. ¡Y cómo me alegro de ello! Porque me sirve además para empezar a desligarme de un pasado que no termina de gustarme y que muchas veces me gustaría borrar. No os imaginéis cosas tremendas, pero es una época en la que no fui como yo soy de verdad y de la que de algún modo me arrepiento. Me gusta sacar lo bueno y quizá sin ese pasado no sería como soy hoy, y oye, en realidad ¡me gusta la Mamá Mollete que conozco! Pero por otro lado hubiera preferido que no fuera así... y tengo que reconocer que me está costando dejar de darle importancia y sacarlo también de mi maleta.

- Laura, mi fisioterapeuta en el período de la recuperación post-parto, se ganó otra V. Aunque como no tuve parto vaginal me evité varios de los problemas que podrían haber surgido de haberlo tenido, fue muy positivo conocer que existen fisioterapeutas de suelo pélvico que te ayudan a solucionarlos. Porque ojalá en el futuro pueda tener un parto vaginal y todo lo que aprendí con ella me será de gran ayuda, seguro. Vi que todo se puede tratar y solucionar, cuando muchas mujeres se resignan creyendo que son daños colaterales e inevitables del parto. ¡Nada de eso! ¡Más fisioterapia de suelo pélvico y menos Tena Lady, chicas! :D

- Otra V para los padrinos de la peque, porque la quieren con locura y se desviven por ella. Y sé que si algo nos pasa a Papá Mollete y a mí, la enana estará con las personas que mejor la van a cuidar.

- Una V enorme, ¡tan enorme tan enorme que podría ser una W!, para la niña de mis ojos. Por enseñarme una nueva dimensión del amor. Por su confianza en mí, porque se calma cuando está conmigo, porque se siente protegida cuando la abrazo. Porque me da un amor incondicional, porque me mira con ternura. Por sus miradas cómplices y su risa de alegría. Por sus caricias, sus besos y sus abrazos. Por enseñarme cosas nuevas cada día y ayudarme a ser mejor persona. Por haber aparecido en mi vida y hacerme sentir que ahora ya lo tengo todo y que solo por esto merece la pena vivir. Por permitirme quererla y hacer que mi corazón lata con más fuerza cuando pienso en ella o estamos juntas.

- Y qué leches, ¡me voy a dar una V también a mí! Porque todo el mundo dice que la peque es un encanto de niña, así que, por la parte que me toca, supongo que eso significa que no lo estoy haciendo tan mal para ser novata. 

La maternidad de la A a la Z: X de cruz.


Esta entrada de hoy va emparejada inevitablemente a la otra perteneciente a este diccionario y que también se publica hoy: la V, de visto bueno.

Tanto la V como a la X se refieren a los símbolos que solemos poner al lado de los elementos de una lista: una V para aquello que nos parece bien y una X para lo que no nos gusta y no queremos. Recomiendo empezar por lo malo, la X, para quedarnos con el buen sabor de boca que siempre aportan las cosas positivas.

Ahí va mi lista de cosas negativas que me han pasado durante mi embarazo y maternidad, o de las que me he dado cuenta en estos períodos:

- X a mi encabezonamiento en no leer nada de nada durante el embarazo. Sigo pensando que el embarazo y la maternidad son cosas naturales que al final nos salen de dentro y para las que todos estamos capacitados. Por eso no quería leer nada al respecto: estaba convencida de que sería capaz de hacerlo por mí misma y si no, llegado el caso, pediría ayuda y consejo a la persona que considerara más adecuada para ese problema particular. Y aunque estoy contenta con esta decisión en cuanto a la parte de maternidad y crianza se refiere, en las que he sido capaz de coger el rumbo que la naturaleza y el instinto me han ido mostrando (aunque ahora sí que lea para completar el conocimiento, pero una vez que mi instinto ha elegido el camino que quería llevar), no lo estoy tanto en cuanto al momento del parto se refiere. Mollete no quería nacer y a la semana 41 y 3 días me intentaron provocar el parto. Parece que no dilataba bien y el asunto acabó en cesárea. Quizá si me hubiera informado más hubiera sabido que el hecho de poner la epidural puede frenar el progreso del parto. Y quizá me hubiera percatado de que en el hospital tampoco me estaban dando suficiente tiempo para dilatar a raíz de las experiencias vividas por otras amigas (y estoy hablando de ausencia de sufrimiento fetal). Quizá sin esos dos factores mi parto hubiera progresado y Mollete hubiera venido al mundo por parto vaginal. No tengo pesar de que haya sido cesárea. Claro que hubiera preferido parto vaginal, por muchos motivos, pero es como se desarrolló todo y así lo acepto. Quién sabe, quizá sin la cesárea ni mi hija ni yo estaríamos ahora en este mundo porque aunque yo crea que el parto con más tiempo y sin la epidural tan pronto hubiera progresado, quizá no hubiera sido así.

- X al personal sanitario que me atendió tras el nacimiento de la pequeña. A mi ginecólogo, el que me llevó el embarazo, le pondré una V en la otra lista, pero no puedo hacerlo con las enfermeras y auxiliares que me atendieron en el hospital porque, aunque fueron siempre amables y de trato educado, me desanimaron con la lactancia. De entrada ya me dijeron que por tener el pezón plano no podría dar el pecho a mi hija más de 2 meses, si llegaba... No me desanimé, porque sobre ese tema sí había leído (lo que me reafirma en ponerme una X en no haber leído más sobre el parto), y salí dispuesta a ignorarlas. Pero el día que fui a urgencias por la subida de la leche (pequé de novata y aunque sabía que el pecho podía endurecerse me dio la sensación de que se ponía demasiado demasiado duro) la ginecóloga que me vio y la enfermera que estaba con ella volvieron, amablemente y de modo educado, a la carga con ese tema. A veces me dan ganas de pasarme por allí y decirles que con 19 meses mi hija y yo seguimos felices con nuestra lactancia y sin necesidad de usar las pezoneras que nos acompañaron en el primer mes y medio. No por venganza ni nada de ese estilo, no vayáis a malinterpretarme, sino para pedir que en lugar de minar la moral de las madres ofrezcan la ayuda necesaria para superar los problemas asociados a la lactancia, porque se puede lograr. Yes, we can! - que decía el "salvador" del planeta.

- Otra X para las personas que critican a las madres que dan el pecho cuando consideran que sus hijos son demasiado mayores.  No tienen ni idea de qué va el tema.

- Y otra X a las que critican a las mujeres que dan biberón a sus hijos, así porque sí, gratuitamente.

- X también para los que te miran mal y les molesta que no sigas sus consejos, que amablemente has escuchado, pero con los que no comulgas o no crees que sean los adecuados para tu manera de criar y educar a tus hijos. Los consejos no son obligaciones, son simplemente un parecer. Y se agradecen las buenas intenciones que tiene la persona que te los da, claro.

No me gusta remover mierda, que se dice. Supongo que siempre prefiero quedarme con lo bueno y por eso quizá ahora no sea capaz de añadir más cosas negativas a esta lista. Me voy a la lista de lo bueno para equilibrar la balanza.

La maternidad de la A a la Z: Z de zenit

jueves, 19 de septiembre de 2013

Hoy no puedo comenzar de otra manera que no sea haciendo referencia a Miriam, nuestra anfitriona de esa casita morada que nos acoje siempre con un abrazo. Son unos días duros para ella y desde aquí quiero mandarle un abrazo grande, mullido y cariñoso. ¡Ohana, amiga!

La palabra que he elegido hoy es zenit. En parte porque sigo con mi empeño de quitarme las letras difíciles, pero lo cierto es que siempre me gustó. Estuvo muy presente a lo largo de mi carrera. Yo soy fí­sica y me especialicé primero en astrofísica y luego en geofí­sica (se ve que me daba pereza comenzar a trabajar). Cuando estudiaba las asignaturas de astrofí­sica era muy común hablar del zenit, que la RAE define como (bueno, en realidad te remite a cenit o cénit, pero la primera vez que lo vi escrito fue con Z y me sedujo: ¡una palabra que puedo escribir con z cuando corresponde con c! ¡qué chulo!):

(Del m. or. que acimut, por error de transcripción de los copistas).

1. m. Astr. Intersección de la vertical de un lugar con la esfera celeste, por encima de la cabeza del observador.

2. m. Punto culminante o momento de apogeo de alguien o algo. Está en el cenit de su gloria.

Imagen tomada de www.elcielodelmes.com

Bueno, no puedo afirmar categóricamente que esté en el momento más alto y más importante de toda mi vida, porque espero que me quede mucho por vivir, pero desde luego hasta ahora yo lo siento así. Estoy haciendo lo más maravilloso que una persona puede hacer: educar y criar a su hijo. Y me siento grande, gorda y alta, por el orgullo que me da ser madre de mi hija; por el amor que me da cuando echa sus brazos y me pide que la coja; por la dulzura con la que me acaricia cuando mama. Y por supuesto quiero más, me encantaría tener otro polluelo si a la madre naturaleza le parece bien. Supongo que entonces sentiré que he alcanzado un nuevo techo.

Y muchas veces, en esta materno-tarea, estoy más perdida que un pulpo en un garaje: son ya 18 meses pero sigo siendo novata y primeriza. Cada vez confío más en lo que hago y en mí misma, pero no faltan ocasiones en las que un consejillo es bienvenido. En esos casos suelo recurrir a mis amigas, pero en otras tantas ocasiones me siento y miro hacia arriba (de nuevo el zenit) buscando la mirada de mi madre, un susurro celestial que me dé pistas de por dónde ir. En ocasiones, aunque esté mirando al cielo, tengo la mirada perdida, desenfocada, porque estoy evocando e imaginando cómo se habría enfrentado ella a esa situación. Y normalmente acabo llorando, y paso de mirar al cielo a mirar al suelo (en astronomía el punto opuesto al zenit es el nadir, que es otra palabra que me parece preciosa, y que quiere decir homólogo), como si el mirar hacia abajo fuera a protegerme de las miradas curiosas, cuando en realidad nadie va a verme llorar, porque en estos momentos de búsqueda de inspiración suelo estar sola.


El zenit está relacionado también con la alegría. Hacia arriba me lanzo con los brazos extendidos y dando palmas cuando Mollete hace algo nuevo o cuando corrige algo que hizo mal. Ella se emociona y por supuesto que también se lanza hacia las alturas, imitando a mamá y mostrando que ella también está contenta por su pequeño gran logro. Subo extasiada como si tuviera un cohete en el culo por los avances de mi cachorra, que me parecen de premio Nobel. Supongo que maternidad y objetividad son dos palabras que están un poco reñidas...

Así que ha quedado demostrado: el zenit es un lugar muy importante para una madre. Por supuesto, en cuanto tenga ocasión, esa madre colocará en el zenit, por todo lo alto,  a sus hijos y sus hazañas, porque ellos son los más grandes, los más guapos y los más listos. ¿Que no?


La maternidad de la A a la Z: E de empatía

jueves, 12 de septiembre de 2013




Escribo esta entrada el último día de julio, con la tragedia del accidente del tren Alvia aún muy reciente. No hace ni una semana. Lo publico ahora, en septiembre, porque ha habido parón vacacional en el diccionario de la maternidad de Verónica Trimadre a los 30, pero nos va a dar la oportunidad de publicar más de una entrada cada día de carnaval para que todos podamos acabar nuestro propio diccionario, y así poder recuperar si no hemos podido publicar alguna semana o hemos repetido letra (sí, algunas somos así de listas...).

Ya lo sabéis, pero lo recordaré por si hay alguien que se haya perdido algún capítulo: perdí a una buena amiga en el accidente. Por supuesto sentí muchísima pena y lloré por ella (tras pasar el estado de shock de "esto no puede ser; no ha pasado"). Pero lo curioso es que, además del dolor por su pérdida, enseguida pensé en su madre. La empatía se apoderó de mí y no podía dejar de pensar en lo destrozada que estaría y en lo sola que se quedaba.

Todos somos conscientes de que enterrar a un hijo no es natural y de que debe de ser dolorosísimo. Hay personas que nunca se recuperan de semejantes golpes. Cualquiera de estos casos es muy duro. Pero yo pensaba en particular en esa madre que había sido abandonada por el padre de su hija cuando nació, dejándola sola. Esa mujer luchadora que hizo lo divino y lo humano (como cualquier padre normal hubiera hecho) por sacar a su hija adelante y que tuviera una vida feliz y sin carencias. Y esa madre entregada, de pronto, recibe un zarpazo de la vida, que decide que su hija debe irse. Y es tremendo el dolor desgarrador que me invade, el sufrimiento, rabia y desesperación, y lo peor es que soy consciente de que no será ni un 10% de cómo lo tenga que estar pasando ella. Así que eso me hunde aún más.

Fue tremendo ir al funeral... no nos conocíamos de nada, pero le dije quién era y fue ella la que me contaba cosas de mí misma. ¡Cuánto le había hablado E. de mí! Menuda muestra de amor me estaba dando mi amiga, incluso después de fallecida. Pero yo me fijaba en esos ojos que estaban vacíos,  que veían sin mirar, como buscando algo, tal vez un motivo, que no iba - ni va - a encontrar nunca. Me sentí ella, como madre. Nos fundimos en un abrazo, reconfortante para ambas, y con eso quedó todo dicho. 

Desde que somos madres nos ponemos inmediatamente en el lugar de las otras, sabemos por lo que están pasando y lo que necesitan en determinados momentos. Me parece una fuerza de unión maravillosa, aunque a veces lo que remueva sea dolor y llanto. Ahí está en especial nuestro Ohana, expresión extrema de este sentimiento de empatía, y del que me siento más orgullosa cada día de formar parte. ¡Gracias a todos por estar ahí!



La maternidad de la A a la Z: K de kiwi

jueves, 5 de septiembre de 2013


Y aquí estamos, recuperando letras, gracias a que Verónica es más maja que las pesetas.

Bueno, esta palabra tiene mucho sentido en la historia de mi maternidad. Y es ahora cuando empiezan las preguntas de porqué...

Lo primero que pensará mucha gente es antojos, ¿verdad? A esta pobre mujer, en las noches en que no encontraba posición para dormir, le entraba una tremenda necesidad de comer kiwis. ¡Y para colmo amarillos! El pobre Papá Mollete se levantaba en busca de una tienda 24h que tuviera kiwis y... ¡¡Nada de eso!! La verdad es que no tuve ni una sola mala noche. Bueno, solo una. Pero no fue ni al tercer mes de embarazo. Y fue mala solo porque me desperté ¡¡del hambre que tenía!! Eso no me había pasado en la vida... Y es que además tampoco tuve ningún antojo. Lo cierto es que tuve un embarazo de lujo. Lo único que cambió es que cada día tenía un poco más de barriga y que algo se movía dentro. ¡Y no era el hambre!, jajaja.

Imagen de http://www.blup.fr

Descartados antojos... ¿qué podrá ser? ¿Se referirá al pajarraco ese que vive en Nueva Zelanda? El apteryx (no confundir con Astérix, que ese es el irreductible galo. ¡Cómo me gustan esos cómics!) es un pájaro del tamaño de una gallina que ni vuela ni tiene casi alas. ¡Pues vaya timo de pájaro! Es originario de Nueva Zelanda, como ya he dicho, y su nombre, la palabra kiwi, viene del maorí, que es el idioma de los indígenas de esas islas, que también se llaman maoríes (a los que, por otra parte, impresiona muchísimo verles bailar la haka -¡señor, cómo me estoy yendo por las ramas en esta entrada!-). Como iba diciendo, kiwi es una onomatopeya del canto de este pájaro. Por las fotos que voy colgando ya muchos sabéis que me fui de viaje después de casarme a Nueva Zelanda (también sabéis lo poco que me gusta llamarlo viaje de novios o luna de miel). Allí habría tenido la oportunidad de ver kiwis... ¡¡y no vi ni uno!! No quise ir a granjas a verlos. Sé que perdí la oportunidad, pero yo y lo de ver animales en cautividad... lo llevo muy mal. Así que el kiwi-apteryx tampoco tiene cabida en esta historia.

Imagen de Catai Tours

Y bueno, veamos a qué se refiere la palabra kiwi...

Desde que nos casamos, e incluso un poco antes, Papá Mollete y yo teníamos muy claro que seríamos padres en cualquier momento, cuando decidiese llegar. Mucha gente dice que necesita vivir un tiempo en pareja, disfrutar de esa nueva etapa... y yo lo respeto y me parece estupendo, pero a los dos nos picaba el gusanillo de la paternidad mucho muchísimo. Además nuestros amigos ya iban teniendo hijos y nos parecía que nos apetecería más participar en sus planes si nosotros también teníamos niños.

No habíamos podido casarnos antes por la enfermedad de mi madre, así que de algún modo llevábamos algo de retraso respecto a lo que nos hubiera gustado hacer en nuestras vidas y por eso no queríamos tampoco posponer más el tema de los hijos. Además me conozco y soy más vaga que la chaqueta de un guardia y plenamente consciente de que cuanta más edad tuviera, menos paciencia tendría con los churumbeles.

Y nada, la verdad es que fue visto y no visto, quiza por esa tranquilidad de que llegara cuando quisiera: la enana vino a la primera de cambio. La cuestión es que cuando decíamos para cuándo nacería la peque, la gente echaba cuentas y nos preguntaba si era kiwi. Para los que lo desconozcáis, a los nativos de Nueva Zelanda se les llama también kiwis (además de neozelandeses). De hecho, para hablar de la fruta, dicen kiwi fruit, porque la primera acepción es para las personas. Así que es aquí donde entra la palabra kiwi en la historia, porque nos hicieron esa pregunta muuuchas muchas veces. 

¿Y la respuesta? Pues la respuesta, para decepción de la audiencia, era que no. Que es una chula de cabo a rabo.

La maternidad de la A a la Z: W de wasabi



Es la semana del retorno, poco a poco. Me doy cuenta de que estoy aún poco profunda, vamos, hecha una frívola superficial, pero es que mientras escribo estas frases estoy aún de vacaciones ¡y no se le pueden pedir peras al olmo!

Entramos en la segunda fase del Diccionario de maternidad ideado por Vero Trimadre a los 30, y que estamos completando y enriqueciendo entre muchos miembros de la blogosfera paternal. Yo vengo con deberes. Madre mía... yo, que en el cole nunca me quedó nada para septiembre, me veo aquí recuperando entradas de La maternidad de la A a la Z, y todo por no caer en la cuenta de que no se podían repetir letras. Ains...

Y sí, ya sé lo que algunos estáis pensando: en la carrera sí llevé alguna que otra para septiembre, morbosos todos.

Me siento frente al ordenador y todo lo que alcanzo a decir de primeras es: Ay, madre. ¡Qué listo fue Moi quitándose de encima las letras más complejas primero! Un crack, pero eso ya lo sabéis todos...

Y como digo, estoy aún sin aterrizar del todo, así que no seáis demasiado exigentes con servidora... iré cogiendo fondo con la palabra wasabi, ya que la decisión de ser padre implica poner un poco de wasabi en tu vida, o lo que es lo mismo, un poco de picante.

Cada día ¡es una aventura! Me vais a decir que no... no importan los planes que tengas, porque pueden venirse abajo por múltiples causas. Nos ha pasado a todos. O simplemente te suceden cosas "diferentes" y divertidas. Y eso que Mollete solo tiene 18 meses. Imagino que los demás tendréis mil anécdotas que contar.

Para picante, esta niña. Que ahora nadie sabe porqué, le ha dado por ir tocando las partes íntimas ajenas. Supongo que porque empieza a descubrir su cuerpo y querrá comprobar que los demás estamos hechos igual, pero hija mía... ¡¡no se le puede ir tocando el culo a la gente por ahí!!

Sin contar, claro, con cuando te mete la mano en el escote porque quiere mimitos y teta... y como ella no entiende de lugares o momentos apropiados o no, lógicamente, te mete mano cuando a ella le parece. En realidad, matizaré, no tengo ningún reparo en darle el pecho a mi hija esté donde esté, o esté con quien esté. Solo que la carcajada suele ser general en el entorno cuando se pone a estrujarme el pecho...

Y pica pica... ¡¡pica pica pollito!! Su canción fetiche. Nosotros no cantamos la versión dulce y vamos a decir popera del Pica pica pollito... es que la aprendimos de oídas y la adaptamos un poco a nuestra manera de ser. Con el tiempo hemos oído la canción original y digamos que la nuestra a su lado queda un poco heavy, como dicen unos amigos nuestros.

Así que, por unas cosas o por otras, tenemos mucho pica-pica en nuestro día a día. Pero en realidad los 3 somos un poco como el grupo de música: sweet wasabi.

La maternidad de la A a la Z: R de relatividad.

jueves, 11 de julio de 2013

Hoy saco la física que llevo dentro y que a veces se pelea con la mamá que soy. A diario la mamá gana por goleada a la física, pero esta tiene ganas de noquear a la mami y hacerse con el poder en algún momento. Por ahora han llegado a un entendimiento y han decidido cohabitar en mi cabeza durante el día de hoy.

Y eso tiene consecuencias, porque estoy sentada tratando de redactar la próxima entrada del diccionario de la maternidad de Trimadre a los 30, y claro, menudas ideas extrañas que se me ocurren. Pero como hoy he sacado a pasear mi lado más Curie, voy a tener que darle un poco de cancha. Lamento los daños colaterales que esto pueda ocasionar.

¿Conocéis la teoría de la relatividad? Vamos, que si os suena. No pretendo yo que ahora me la expongáis aquí claramente. Yo tampoco sería capaz. Pero seguro que a todos os suena esa fórmula que dice:


y que los más avispados enuncian como: la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Aunque esto se sabe desde mucho antes de que Albert Einstein enunciara su famosa teoría. En esta fórmula se pone de manifiesto que la propia masa puede transformarse en energía. Bueno, esta simple ecuación tiene mucha mucha chicha, pero no es lo que hoy nos ocupa.

¿Y a parte de la fórmula, sabéis alguna de las consecuencias de esta teoría? Pues citaré dos: la dilatación del tiempo y la contracción de la longitud. Aquí entra la otra frase famosa asociada a la teoría de Einstein: todo es relativo. Y esto, como la ecuación, tiene muuuucha muuuucha chicha. Einstein explicaba que el tiempo es relativo de la siguiente manera: sean dos gemelos. Uno viaja por el espacio a velocidades próximas a la de la luz (este es uno de los requisitos para que se apliquen las teorías de Einstein), y cuando regresa a la Tierra ve que el gemelo que se quedó ha envejecido mucho más, porque el tiempo ha pasado más despacio para el que viajaba en la nave a la velocidad de la luz. Esto es lo que quiere decir dilatación del tiempo. De manera similar entenderemos que las longitudes se acortan para el que viaja a altas velocidades.


Bueno, y después de este tostón os estaréis preguntado que qué tiene que ver esto con la maternidad. Pues es que he descubierto que, aunque yo no me mueva a velocidades cercanas a la de la luz (en principio), lo cierto es que el tiempo se dilata y las longitudes se contraen.

Vosotros también lo tenéis que haber notado. Sé que alguien lo ha comentado ya en alguna ocasión, pero lo voy a repetir: el tiempo se dilata. Si a mí, antes de nacer Mollete, me dicen que en 2 horas voy a ser capaz de poner una lavadora, tender otra, limpiar los cacharros, hacer la comida y planchar una buena pila de camisas, no me lo hubiera creído. Y ahí está. Cada minuto que pasa me cunde como 10, y no es que haga las cosas mal, qué va: que quedan decentes y todo. ¿Y cómo es esto posible? ¿Es porque hago las cosas tan tan rápido (casi a la velocidad de la luz) que el tiempo me dura más?

Lo de las distancias también es cierto. Si no recordad esos momentos en los que la peque, que estaba sentada plácidamente leyendo un libro, decide ponerse en pie y como ya la conoces, le ves las intenciones de coger el teléfono y llamar a tu tía un sábado a las 7 de la mañana. Para evitar semejante momento embarazoso cruzas de una zancada el espacio que te separa del teléfono, algo que en condiciones normales te hubiera llevado 3, esquivar una mesa y giro de cadera. Inexplicablemente tu misión concluye satisfactoriamente antes de provocar un problema familiar.

O cuando de pronto le da por hacer el burro y ves que comienza a trepar por el sillón y sabes que se va a ir de cabeza en cualquier momento. Con una estirada al más puro estilo Iker Casillas, tu brazo se alarga cual gadgetobrazo para cogerla por el tobillo quedándose colgada a dos centímetros del suelo como Tom Cruise en Misión Imposible… Y aunque no te hayas estirado tanto en tu vida, ni para coger patatas de la mesa en la final del Mundial, llegas; vaya que si llegas.

Así que después de 5 años de estudios en la facultad me congratula poder experimentar en mis propias carnes una de las teorías físicas más famosas de todos los tiempos, y no tener que recurrir a experimentos costosos y raros.