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Mi Mollete piernas largas

martes, 11 de julio de 2017

Yo no sé cuándo ha sido. En qué momento mi Mollete pequeño y redondo se ha convertido en una niña altota y fuerte. Es muy grande. Tanto que parece la hermana mayor de muchos niños de su clase. Tanto que otros padres me dicen que es como sus hijas, pero es que sus hijas tienen 7 y 8 años, y mi Mollete solo 5. Tanto que engaña; lo que a veces me confunde, y le exijo lo que a una niña mayor. Esto nos trae momentos desagradables, claro, porque ella se frustra y yo tardo en reaccionar. Soy consciente de que tengo que aprender a manejarlo, ya va siendo hora.

Ayer estábamos juntas mientras acostaba mis dos enanas, y ella estaba abrazada a mí, reposando su cabeza en el hueco que queda entre mi tronco y mi brazo. Yo la miraba y veía el mismo rostro que cuando nació: esos morritos, la nariz redondita, los mofletes de mazapán... pero ahora con sus pies rasca mis empeines. No tiene ese flequillo liso que enmarcaba su mirada, sino una coleta de raíz como Elsa. Quiere dejarse el pelo largo como Rapunzel y ser valiente como Vaiana. Ya no es más mi bollito redondito, ahora es prácticamente ella la que me abraza a mí e incluso me reconforta.

Hace poco me puse bastante mal, con un gripazo. Me tumbé en la cama, derrotada. Solo quería escuchar el silencio y dormir. Mi mayorzota lo vio y se acostó a mi lado sin decir nada. Le dije dulcemente que mamá estaba pocha y que necesitaba descansar. Tranquila, mamá. Solo voy a cuidarte - me decía mientras me hacía mimitos. Y así nos quedamos las dos, tumbadas. Fue una de las siestas más dulces (y más largas, hay que confesarlo todo) que recuerdo. Es curioso cómo me sentí protegida por esa niña de 5 años. Su presencia me dio la paz suficiente para descansar y reponerme.

Me dice que me quiere con todo su corazón, una y otra vez. Quizá para ganarse su espacio frente al Vikingo. O quizá porque ya está en una edad en que siente que hay que decirlo. Aunque cuando se enfada me castiga con que ya no voy a ser su madre. Tiene mucho genio y carácter, no sé a quién habrá salido... Pero puede ser dulce hasta extremos insospechados. Al Vikingo le cuida como una madraza: le canta, le acaricia y le hace jueguecitos. Y a mí se me cae la baba cuando la veo, claro.

En momentos como el de ayer quiero que se pare el mundo, pero luego siento que en ese caso me perdería otros tantos ratos maravillosos que ella y sus hermanos están aún por ofrecerme.

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